sábado, 3 de noviembre de 2007

AMOR A LA COLOMBIANA



Por: Ramón Pineda
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Parece que la telenovela colombiana, esa que rescata nuestro ser colombiano, está de vuelta. "Hasta que la plata nos separe" tiene muchos elementos de lo que somos. Pero ¿será que si queremos mirarnos en ese espejo?

Hubo una época en que las telenovelas colombianas eran colombianas. En ellas estaban las regiones, los paisajes, los acentos, los actores, las alegrías y los dilemas de los colombianos. Nada de adaptar libretos de otros países, nada de traer actores extranjeros. Hasta la música de los cabezotes era la de aquí. Eran un producto criollo que además tenía firma de autor. Sí, hubo un tiempo en que a uno le importaba quien escribía la telenovela.

Uno reconocía el estilo de Julio Jiménez porque en sus historias siempre había una familia disfuncional con una o dos solteronas reprimidas, un ama de llaves llena de secretos y un recién llegado con ganas de cobrar venganza. En sus telenovelas, - excepto La abuela- no había una región ni un acento específico (tal vez por eso sea tan fácil adaptarlas a lo Miami) pero esa sordidez sicológica de sus personajes no se veía en los melodramas mexicanos, venezolanos, ni en los brasileros, solo aquí. (Los cuervos, El ángel de piedra, Por qué mataron a Betty, El segundo enemigo)

Se reconocía a Bernardo Romero Pereiro en sus dos estilos. El psicológico, acompañado en algunos casos de Mónica Agudelo, con extensos diálogos de personajes urbanos y burgueses, con familias fingiendo felicidad pero infelices hacía dentro como queriendo decir que “los ricos también lloran�? (Señora Isabel, Sangre de Lobos). Y el folclórico, de acento costeño, con personajes medio garciamarquianos, pura burguesía rural, más alegre, menos dramática. (Caballo Viejo, Momposina, Escalona).

Estaba también Marta Bossio, que era más amiga de hacer adaptaciones de la literatura, pero que le ponía un sello muy colombiano a sus libretos y sino piensen en Gallito Ramírez, La casa de las dos palmas, San Tropel, Un tal Bernabé Bernal, El bazar de los idiotas y hasta con todo lo mexicana que pueda parecer, Pero sigue siendo el rey, era muy nuestra en su ritmo vertiginoso, en no tomarse en serio nada, en su sentido del humor.

Los Mauricios, Juana Uribe y últimamente “Los Dagos�" y Fernando Gaitán son autores que de alguna manera han defendido la colombianidad de las telenovelas colombianas, en medio de tanto reencauche, de tanto acento neutro, de tanto paisaje maiminesco de personajes hechos con el mismo molde, puestas en escenas que parecen una imagen publicitaria: en los colores, en la ropa siempre nueva y los peinados con gomina).

El regreso de Fernando Gaitán con Hasta que la plata nos separe vuelve a recordarnos que si existe la telenovela colombiana. El primer capítulo (que inteligente edición y ritmo el que le imprime Sergio Osorio) nos hizo mirarnos al espejo, el de los colombianos ricos o pobres que se endeudan como sea para pagar el semestre de universidad o comprar una casa que no está al alcance de su presupuesto.

En esta telenovela está el colombiano común y corriente, tanto en lo físico como en su manera de ganarse la vida, en esa preocupación diaria de conseguir la papita, y no perder el empleo: El rebuscador que vende lo que sea y la ejecutiva que para defenderse de tanto machismo tiene que volverse mandona, los carniceros, el aprendiz de abogado, el arribista, la que se cree rica porque vivió en el exterior, la estudiante universitaria, el de la prendería, el hospital con muchas camas, el televisor, y claro, que más colombiano, que el Renault 4. Enhorabuena llegó esta telenovela. Ojalá que mirarnos en ese espejo no nos espante.

¿Y usted sí cree que está nueva telenovela cuenta nuestra colombianidad? ¿Si cree que hay algo que distinga las telenovelas colombianas de las demás?

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